La causa El Khalil no es una más. Fuera del recinto, el debate no se circunscribió a tratar de saber si al puestero le pegaron o se cayó solo. La cuestión era ¿hasta dónde llega el poder de un policía?.

En la ciudad se detectan 4.000 infracciones de tránsito cada mes. Podría haber sido cualquiera, pero le tocó a El Khalil. El día de su muerte, cometió el error de salir en su camión sin carnet. Y fue atrapado por un sistema que, con la sentencia puesta, se revela como preocupante. Basándose en una contravención, lo llevaron a una comisaría. Pero, según el fallo, el objetivo no era hacer cumplir la ley. La sociedad no les dio poder para eso.

Los dos agentes que iban en el patrullero con los condenados Sánchez y Díaz dijeron que no sabían nada del pedido de coimas. El sargento a cargo de la guardia tampoco trató de desbaratar el irregular procedimiento. Incluso, otro agente dijo haber visto con sus propios ojos cómo El Khalil se desplomaba sin que nadie lo tocara. ¿Declararon con la chapa puesta?

El caso del puestero, seguramente, no resolverá el legendario dilema entre el ser y el deber ser. Pero quizás ayude a aclarar un poco la cuestión. Al menos en un tema tan importante como el de la seguridad y quienes deben garantizarla.